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Casona San Ignacio 

Una casona en el corazón del Santa Luisa

                       

                    Miguel Ángel Aragón Barreto
                    Estamento: Maestro (Área de  Ciencias  Sociales )



 


Algunos le llaman la “casa embrujada”, refieren a una supuesta monja, una dama elegante, niños..., sombras, pasos que se escuchan. Pero más allá de las historias que podamos inventar, la Hacienda San Ignacio es mucho más que eso, es un vestigio histórico en el corazón de nuestra localidad, un monumento a la memoria que muestra la transformación de los espacios y a la par la historia de nuestro país.

Si la casona pudiera hablar ¿Qué nos contaría?

Nos diría que antes de ser colegio fue hacienda ganadera y antes fue un territorio de agua habitado por comunidades indígenas bajo el nombre de “Techotiva”.

Frente al Colegio Santa Luisa hoy sobrevive el “Lago Timiza”, rezago de un cuerpo de agua mucho más grande que conectaba humedales de la Sabana de Bogotá. 
Durante la colonia, apareció una hacienda conocida como “La Chamicera” que fue adquirida por la Compañía de Jesús en torno a 1730, allí inicia la relación con la comunidad religiosa. En su momento, la hacienda se dedicó a la recepción y cría de ganado para el abastecimiento de Santa Fe de Bogotá. 
Sin embargo, para 1767 el rey Carlos III expulsó a la comunidad religiosa de sus dominios, incluidas las colonias. Las tierras pasaron a manos del Estado. Luego vinieron las guerras, independencia, uno de los tantos dueños fue fusilado por su participación en la gesta independentista.

Luego vino un largo proceso de herencias y fragmentaciones, pasando por familias como los Ribas, los Umaña, los Díaz, los López Pumarejo. Todas, de gran renombre, poder económico y político, especialmente los López que fueron una familia presidencial de trayectoria liberal. Específicamente la hacienda perteneció a Miguel López Pumarejo, que le dio el nombre de “Timisa”, en este momento aparece como tal la hacienda que conocemos en la actualidad, donde la casona como tal se calcula en unos cien años de antigüedad aproximadamente.

El cambio más drástico estaba por venir, para los años 60, en plena Guerra Fría, y frente a la amenaza por un lado de la exterminación nuclear y por el otro, del sueño de conquistar el espacio. Nos vimos atravesados por un contexto geopolítico de dictaduras, revoluciones sociales, económicas y políticas, así como acuerdos entre países como la “Alianza para el progreso” firmado entre el presidente estadounidense John F. Kennedy y el colombiano Alberto Lleras Camargo, es gracias a este acuerdo que surge el proyecto urbanístico conocido como Ciudad Techo que luego se convirtió en Ciudad Kennedy tras el asesinato del presidente del mismo apellido




 
Es en la década de los 60, cuando después de una larga historia ganadera, la hacienda deja de serlo. En 1967 el terreno es comprado por el sacerdote jesuita Carlos González para la creación de un colegio femenino que le brindara educación a las niñas que llegaban al recién fundado barrio, muchas de ellas, provenientes de distintos lugares del país como consecuencia de la violencia.

No es claro el momento en el que pasa a llamarse San Ignacio, pudo ser cuando retornó a manos de la Compañía de Jesús, quizás antes. Lo cierto es que, en este lugar y sin poder presenciarlo en vida el sacerdote Carlos González, comenzó a funcionar el Colegio Santa Luisa, bajo la dirección de la Fundación Carlos González.

Donde antes había ganado, llegaron niñas, luego niños.
El sector de alrededor se convirtió en barrio y la historia del Santa Luisa siguió sumando hasta la actualidad. Hoy la casona resiste al paso del tiempo, se convirtió en parte de nuestro paisaje, pero olvidamos en ocasiones la importancia que tiene para nuestra identidad como comunidad educativa, para la historia de nuestra ciudad, el país y el mundo. Omitimos que es un espacio vivo que habitamos, desconocemos mucho de lo que tiene por contarnos.

Esta es una invitación a escuchar lo que los objetos guardan, esos secretos, historias, tristezas, alegrías, anhelos de familias o de un sacerdote que quiso brindar una oportunidad educativa a niñas que no la tenían. Es una invitación a volcar la mirada sobre lo propio, lo que nos pertenece, a valorar nuestro legado.



 
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